No puedo describir los vaqueros con detalle pero recuerdo perfectamente cómo me hacían sentir. Relevante pero incómoda. Los había comprado en las rebajas de las rebajas, la talla que quedaba y aún así, a un precio sobre el que prefería no pensar demasiado. Esa era la razón por la que, a pesar de las molestias, me los seguía poniendo. Los vaqueros en cuestión eran unos Miss Sixty acampanados de tiro bajo: el no va más por aquel entonces. Durante los noventa eran la piedra angular del estilo de tendencia; los llevábamos con un cinturón a la cadera, una camiseta que habíamos encontrado en un almacén de piezas sobrantes, y hala, a vivir las historietas de clubes nocturnos que en el futuro aburrirían a nuestros hijos y nietos.
