En Ámsterdam, la música de Gustav Mahler es casi un asunto de Estado. El compositor se refirió en 1903 a la ciudad neerlandesa como su “segunda patria”, una afirmación en la que tuvo mucho que ver la defensa convencida de su causa por parte del director neerlandés Willem Mengelberg, en cuya casa se alojó en sus cuatro estancias oficiales en el país el autor de La canción de la tierra, que calificó la relación existente entre ambos de “amistad fraternal”. En 1920, ya fallecido su amigo, Mengelberg decidió organizar en el Concertgebouw de Ámsterdam el primer Festival Mahler, protagonizado en exclusiva por su orquesta residente, de la que llevaba ya siendo director titular nada menos que un cuarto de siglo (y aún le quedaba otro tanto). Los nombres de uno y otro figuraron con igual prominencia en todos los anuncios y los materiales impresos del festival. Nadie, en ningún lugar, había hecho nada parecido, sobre todo porque la música de Mahler, tras su muerte en 1911, se sumió enseguida en un cuasisilencio que no empezaría a romperse hasta la segunda mitad del siglo XX.
