El 16 de mayo de 1995 murió Lola Flores. Lo hizo de madrugada, a los 72 años y en El Lerele, su casa de La Moraleja. Desde hacía años, La Farona arrastraba un cáncer de pecho. A su capilla ardiente, instalada en la madrileña plaza de Colón, acudieron para despedirse de ella, entre lágrimas y claveles rojos, miles de admiradores. Allí la vieron por última vez, cubierta con una mantilla blanca que le regaló su amiga Carmen Sevilla, “con las manos cruzadas sobre el pecho, enredadas en un rosario de plata, y las uñas pintadas de rojo”, como contaba entonces la crónica de este periódico.
